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No es el fin del capitalismo

No es el fin del capitalismo
[24-02-2012]
Dr. Darsi Ferrer
Director del Centro de Salud y Derechos Humanos Juan Bruno Zayas

(www.miscelaneasdecuba.net).- Nunca antes la Humanidad había alcanzado
los niveles de comunicación interpersonal que goza en el presente. Y
para mayor provecho hacia una creciente modernidad, las aceleradas
innovaciones tecnológicas permiten avizorar un fantástico escenario de
nuevas posibilidades de interconexión. De hecho, el concepto del mundo
como una "Aldea Global" adquiere mayor materialidad cada día, influyendo
de modo determinante en las sociedades civiles, hasta en aquellas
naciones donde rige un severo control de su libre actividad.

Participar en esta aventura innovadora promueve novedosas perspectivas
para millones de seres humanos. Y las posibilidades no se limitan al
protagonismo e influencia en el mercado mundial, ya como vendedor o como
simple consumidor. Las ideas e intercambios de información ahora viajan
de una parte a otra del orbe con velocidad y presencia inmediata a los
acontecimientos políticos, sociales y económicos que las generan, y
estas a su vez impulsan otros cambios aún mayores. Las convulsiones
sociales deesta dinámica impulsanuna amplia incidencia en aquellas
sociedades donde rigen tradicionales o anquilosados patrones culturales.
Pero la misma ola de modernidad también estremecelas sociedades
desarrolladas, donde se generó el fenómeno de la Globalización.

La presente crisis económica emergida en los Estados Unidos y por lo
pronto expandida hasta buena parte de Occidente, revela distorsiones
surgidas de la perniciosa tendencia al estatismo que socava la base
económica. Y pese a todos los pronósticos agoreros sobre las
"insalvables contradicciones" del sistema productivo más exitoso de la
Historia, lo que se reciente es su efecto, no su causa. En esencia,
ningún modelo de desarrollo basado en la economía de mercado demuestra
ser ineficiente en elevar la productividad y el disfrute de riquezas y
bienestar para tantos, además de garantizar el Estado de Derecho a sus
ciudadanos. Sin embargo, son las deformaciones del modelo político,
sobre todo debidos al espacio y función ocupados por el Estado en plena
práctica del Keynesianismo, lo que da claras señales de agotamiento
evolutivo.

La presencia del Estado en funciones para las que no fue concebido, por
ejemplo como protagonista económico, creador de empleo y subvención
social, más allá de las reales posibilidades económicas en un momento
dado, provocan una deformación consecuente en la estructura del empleo,
la maquinaria política de los partidos democráticos y los propósitos y
metas de las elecciones, y comosecuela derivan en la generación del
clientelismo en la masa de votantes y la creciente intervención de los
gobiernos de turno en las finanzas privadas y el mal manejo de los
recursos acumulados por las instituciones públicas.

Es evidente que la presente crisis tiene su origen, e incluso se ha
agravado, por la persistencia en esa fórmula como solución ante
alarmantes indicios de catástrofe económica. También quedan claro los
prejuicios derivados de la persistente injerencia del Estado al
incentivar, u obligar legalmente en determinados casos, al sistema
financiero privado a la práctica bancaria de expandir el crédito de
manera indirecta (favoreciendo las hipotecas riesgosas, por ejemplo), o
directa, más allá de las reservas bancarias, como principal método de
estimulación económica. Pese a tal práctica ser perfectamente
identificada como el origen nocivo de las crisis periódicas del sistema
de economía de libre mercado, se ha insistido en ella como el trillado
método de motivación económica para aumentar la recaudación impositiva y
así sufragar mayores subvenciones y gasto público.

Para mayor gravedad, y como urgente intento de solución de las crisis,
con el dinero público el modelo de intervención estatal ha favorecido
gigantescos rescates financieros de los bancos y enormes empresas en
quiebra. Los resultados de esta desacertada política, implementada de
manera muy parecida en todo el modelo económico occidental, han
demostrado una y otra vez su fracaso como solución que no supera lo
eventual.

Muchos analistas políticos y expertos económicos reconocen estos
desfavorables resultados. Y hasta opiniones muy calificadas señalan la
necesidad de un retroceso de la presencia estatal como protagonista
económico. Mas, ¿bastaría con ese paso? ¿No sería un repliegue
provisional, para tiempos mejores, conservándose en esencia el mismo
concepto del Estado interventor en la economía y finanzas y todo el
tándem de maquinaria política-elecciones- clientelismo popular?

Si hay algo que indican estos tiempos globalizadores es que los cambios
que ocurren en las sociedades son profundos y generales para todo y
todos. ¿Por qué no concebir una nueva configuración del Estado y su
contraparte, la sociedad civil, cada una ocupando el espacio que de
verdad les pertenece y donde funcionan mejor? No se trataría de otro
intento de ingeniería social, sino dejar que fueran retomadas las
funciones para las que ambos, durante siglos de formación, errores y
aprendizaje, demostraron ser efectivos instrumentos de orden y progreso.

Por ejemplo, el Estado podría retomar por completo su papel de rector,
prudente regulador y supervisor, cediendo gradualmente a la sociedad
civil y al dinámico mecanismo de oferta-demanda y beneficio-castigo de
la economía de mercado las funciones que cumple como benefactor público
y creador de empleo. Este ejercicio económico podría ser sufragado, por
ejemplo, mediante los recursos que recaude mediante un sistema de
impuestos que también fuera novedoso. Tiene más sentido dejar de
castigar la riqueza con impuestos crecientes, como tiende a suceder en
la actualidad, y en cambio premiar con rebajas la inversión. Es decir,
medir el impuesto de acuerdo al gasto y no al ingreso. Aparte de generar
capital, haría desparecer gradualmente la dependiente concepción
clientelista de la población hacia el Estado Benefactor.

En consecuencia, las asignaciones de esos recursos no serían festinadas
y a capricho de inversión de un reducido grupo de funcionarios del
Estado, como es práctica habitual, sino mediante un riguroso proceso de
licitación pública a los diversos mejores proyectos de beneficio
general, supervisados periódica y rigurosamente por el Estado en sus
niveles de calidad.
Espacios lastrados y con límites onerosos a la vista del presente modelo
económico estatista, tales como el empleo, en buena parte causante de
excesiva burocracia, y sobre todo de la creciente presión de las
pensiones, pasarían a ser asunto de la economía de mercado.

Es innecesario que la mayor o una parte significativa de las empresas de
servicios públicos sean un monopolio estatal. La práctica histórica de
esta política demuestra las ineficiencias que esto genera en corrupción
y mala atención a la población. Y las pensiones que son administradas
por el Estado, en rigor pertenecen al capital acumulado con su trabajo
por cada pensionado. Salvo las excepciones que la razón indique, por
causa de incapacidad física, mental o ambas del beneficiario, u otra que
merite, el Estado debería entregar en manos del pensionado el total
acumulado y que éste lo invierta como accionista en las múltiples
compañías de SeguroSocial que de inmediato surgirán en el mercado libre,
atraídas por el capital que podrían aportar estos nuevos inversores. El
éxito de esta fórmula en un país pionero como Chile demuestra una
eficiencia en el uso de esos capitales que supera toda expectativa.

Más, si se acepta que la Globalización es integral en los cambios que
trae, se debe ser realista: el aparato legislativo y el funcionariado de
la burocracia estatal también debería ser transformado. Serevela una
tendencia alarmante sobre la invariable presencia por años de los mismos
legisladores y funcionarios encargándose de los asuntos públicos. La
experiencia confirma que no resulta beneficioso que los legisladores o
los altos funcionarios y especialistas transformen un cargo estatal en
una carrera de por vida. El poder es algo demasiado peligroso y tiende a
corromper. Tal situacióncrea estructuras de relaciones o maquinarias
políticas que a largo plazo trabajan más para el beneficio de su grupo y
persona que para el bienestar público.

El cargo legislativo debe estar sujeto al mismo límite de dos períodos
de funciones seguidas que cualquier cargo ejecutivo. No debe ser una
carrera profesional. Es un puesto de sacrificio y entrega provisional a
los intereses de la nación. En definitiva, lo que importa es la libertad
y eficiencia del cuerpo legislativo, no figuras carismáticas que por muy
atractivas que parezcan, envejecen y se pensionan sentados en su curul.

Y sería conveniente en el orden y la efectividad para la necesaria
administración burocrática de los asuntos públicos que, una vez reducido
a su esencia funcional el aparato burocrático del Estado, no esté exento
de una minuciosa política periódica de supervisión y calificación,
basada en la calidad y eficiencia de cada funcionario mediante exámenes
por oposición. Es esencial que el funcionario público, cualquiera que
sea su responsabilidad, se sienta en la obligación de ser cada vez mejor
en su trabajo. Su experticia es muy valiosa, mas no cuando utiliza el
poder que se le otorga en prácticas ineficientes o franca e ilegalmente
lucrativas.

Medidas como estas, u otras mejores que limiten la desmesura de
funciones de instituciones estatales serían de provecho para el área de
la política. El ejercicio democrático en las urnas no estaría dirigido
al propósitode obtener votos a cambio de la promesa de beneficios
sociales sufragados con el mismo dinero de los votantes. Las maquinarias
de los diversos partidos políticos deben estar influenciadas por
programas que no tengan como objetivo crear más carga económica para la
sociedad. Los beneficios que se recaudan mediante impuestos no pueden
estar a disposición de las plataformas políticas del partido de turno en
el poder, ni de funcionarios o legisladores inamovibles de sus cargos.

La supervisión del Estado y sus regulaciones como árbitro no deben ser
confundidas con disponer como empresario de esa riqueza recaudada. Es la
sociedad civil la encargada de tal cometido. Por tanto, el ejercicio
consecuente de sus verdaderas funciones pondría gradual fin al vicio del
clientelismo popular y al poco eficiente empleo estatal.

Sería razonable tomar en cuenta la imprescindible transformación que
debe emprender toda sociedad ante los tiempos que corren. No son
premonitorios del fin del sistema de desarrollo que mayores beneficios
le ha otorgado a la Humanidad, también sacudida por medio de irrupciones
de experimentos irracionales, ajenos al progreso y el cambio
saludable.El protagonismo y el peso de la opinión del simple ciudadano
ya trascienden los asuntos de su propio país, incursionando y creando
estados de opinión sobre temas globales. La ganancia que ello representa
para la raza humana aún está en embrión, pero ante la ola de libertad
que ahora recorre el mundo, sus perspectivas son muy estimulantes.

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=35246

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