Unión Patriótica de Cuba
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Por otra Cuba mejor – teoría y praxis

Exilio, Oposición, Derechos Humanos

Por otra Cuba mejor: teoría y praxis
Se debe abogar porque La Habana ratifique los pactos internacionales,
tanto de derechos políticos y civiles como económicos y sociales, que el
gobierno cubano firmó el 28 de enero de 2008
Arnaldo M. Fernández, Broward | 06/05/2014 1:04 pm

Después de habernos embobecido con tantos proyectos y campañas
disidentes, desde el engaño de las firmas hasta el insulto del paro
nacional, la higiene mental sugiere que “la oposición tiene que
reinventarse,” como apuntó Antonio Rodiles, sobre la base de los
derechos humanos.
No se trata de seguir desgastándolos conceptualmente en circos
mediáticos ni de repartir más ejemplares de la Declaración Universal
(1948). La pauta de acción se marca con los pactos internacionales
(1966) tanto de derechos políticos y civiles como económicos y sociales,
que Cuba firmó ya el 28 de enero de 2008.
Se viene dando largas a la ratificación, para no tener obligación de
cumplirlos, y de seguro se ratificarán con reservas e interpretaciones a
conveniencia, pero así y todo los pactos, por su índole jurídica y
universalista, expresan un interés generalizable. Abogar por su pronta
ratificación y discutir reservas e interpretaciones estrechas viene muy
bien a exigir dentro el ajuste al Derecho Internacional y discutir con
fuerza argumentativa en el exterior. Ningún panfleto ni coalición
disidente tiene esa doble virtud para encarar el problema de
legitimación del castrismo tardío.
Tres tristes tiranías
De legitimidad se habla ya sólo —como decía Habermas— con referencia al
orden político, que además de mantenerse a la fuerza busca siempre
justificación como bueno y justo. La apariencia de legitimidad de la
dictadura castrista prevalecerá, sin jefe de Estado y Gobierno con
apellido Castro, por efecto de triple tiranía.
La tiranía social campea por sus respetos en el pensamiento y en la
acción al confluir minorías con estrechos intereses y mayoría inerte. El
legado del castrismo clásico al tardío no es solo partido único,
ideología oficial, represión política y monopolio sobre las armas, los
medios fundamentales de producción y los medios de comunicación masiva.
También es la población conformista.
La tiranía electoral se impone por ley de candidatura única e
interpretación de las boletas anuladas y en blanco como votos sin
validez. Así, el castrismo clásico ha paseado la distancia de cinco
elecciones parlamentarias directas con la inmensa mayoría del electorado
—el pueblo cubano políticamente visible— dando su voto a los candidatos
únicos a diputado en cada distrito.
La tiranía constitucional priva de derechos a las minorías disidentes:
las libertades reconocidas a los ciudadanos no pueden ejercerse “contra
la decisión del pueblo cubano de construir el socialismo y el
comunismo”. Así no hay libertad para que las minorías busquen el favor
de la mayoría en tal o cual opinión. Ni siquiera hay libertad para que
el individuo cambie de opinión, pues quien pasa del bando de la mayoría
a tal o cual minoría cae de inmediato en el bando de quienes no tienen
derecho a convencer a los demás.
El triple salto opositor
El grupo político de Fidel Castro ganó la guerra civil y la oposición no
tiene la fuerza del número. Sus voceros fraguan entonces la amalgama de
la dimensión horizontal [derechos para todos] con la dimensión vertical
de la democracia [transición a otro gobierno por algunos otros]. No
advierten que la mayoría inerte y conformista decide la suerte de las
minorías políticamente activas y el quid estriba en tener acceso al
pueblo antes que a Internet.
La deslegitimación del castrismo tardío no puede abordarse ya en la
perspectiva imaginaria de que la libertad y los derechos se conquistan
con el filo del machete. Hay que mendigarlos de tal manera que la crisis
de racionalidad del sistema económico rebaje la lealtad de masas a
crisis de legitimación, esto es: que la mayoría supere la inercia
política por combinación del malestar de la incultura económico-social y
la argumentación racional de derechos políticos y sociales frente al
orden político castrista.
No en balde la tiranía de los números electorales se conmovió más
hondamente en la fase más aguda de la recesión económica mañosamente
etiquetada como “período especial”. En la capital, casi la cuarta parte
del electorado (1 millón 640 mil personas) no fue a votar o lo hizo en
contra de la campaña gubernamental del voto unido (Tribuna de La Habana,
28 de febrero de 1993).
Ningún ademán disidente ha logrado capitalizar el descontento popular y
jamás podrán hacerlo con las andanzas de circo mediático que datan por
lo menos desde que Luis Conte Agüero anunció haber organizado
“Centinelas por la Libertad” dentro de la Isla. Felipe Rivero despachó a
Conte Agüero por pasar como “centinela” a toda persona que le escribía
desde Cuba (The Miami Herald, 29 de noviembre de 1966), pero esa
tradición crítica se perdió. Los circos mediáticos se arman hoy hasta
con que “la UNPACU puso a temblar a la dictadura”.
La conexión entre teoría y praxis por otra Cuba mejor exige propuestas
lógicas [pasar la prueba de discusión argumentativa], interpretaciones
acertadas [ajustarse al contexto práctico] y decisiones atinadas [asumir
los riesgos]. Nada mejor que ilustrar con contraejemplos.
Propuesta ilógica. El laureado historiador y ensayista cubano Rafael
Rojas propuso que el Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y
Social (2010) se utilizara “por opositores y reformistas para presionar
a favor del cambio”, porque entrañaba “algo que ningún otro texto
oficial había hecho: definir el socialismo”, y esa “nueva definición del
socialismo cubano —igualdad de derechos y oportunidades— es idéntica a
la definición de cualquier economía de mercado, Estado de derecho o
democracia política del mundo” (“¿Qué es el socialismo actualizado?”, El
País, 12 de abril de 2010).
Esta propuesta jamás encarnó ni entre opositores ni entre reformistas,
pero no porque ellos tuvieran poco seso para entender “qué es el
socialismo actualizado”, sino porque la propuesta en sí es un disparate.
No tiene sentido presionar a favor del cambio con un pasaje libresco de
aquel mamotreto del único partido, si la igualdad de derechos y
oportunidades está disponible desde la Constitución socialista de 1976
como norma jurídica exigible en las relaciones de todos los ciudadanos
con el Estado (Capítulo VI, Artículos 41-44).
Para pasajes librescos tenemos incluso otro de mucho más vigor
intelectual: la definición de comunismo que dieron Marx o Engels y viene
pregonando Armando Hart: “El movimiento real que anula y supera al
estado de cosas actual”. Así no hace falta ni discutir el principio
constitucional del socialismo irrevocable.
Interpretación desacertada. Luego de ser entrenado en la Fundación Lech
Walesa (Polonia) sobre la estrategia de apoyar “las exigencias de la
gente común para lograr cambios económicos y sociales”, Guillermo
Fariñas acudió con otros disidentes a dar apoyo a unos 200 cocheros de
Santa Clara que protestaban por altos impuestos. Al preguntársele “si
los disidentes y los cocheros habían logrado entablar algún tipo de
relación como resultado de la protesta, Fariña prefirió no hacer
comentarios” (“Disidentes usan una nueva estrategia”, El Nuevo Herald,
30 de septiembre de 2013).
Así escondió vergonzosamente que los cocheros repudiaron su presencia
por estimar que sólo quería usarlos como trampolín político y que
malearía la solución del problema del gremio. La propuesta polaca es
lógica: para ganarse a la gente hay que respaldar sus demandas
concretas, pero Fariñas no acertó a interpretarla en el contexto dado.
Walesa se pudo encaramar en una cerca de los astilleros de Gdansk porque
trabajaba allí. No se trata de irrumpir entre los cocheros como líder
disidente, sino de que los cocheros se tornen disidentes y gesten sus
propios líderes por interpretación correcta de que las tasas de
impuestos deslegitiman el orden político castrista como injusto y malo.
Decisión desatinada. El Proyecto Varela se llevó a segunda vuelta el 3
de octubre de 2004 con más firmas inútiles (14.384 contra 11.020) que
las entregadas el 10 de mayo de 2002 a la Asamblea Nacional (AN).
Terminaría con el desatino de relanzarlo en Madrid, el 24 de octubre de
2008, pero aún peor fue urdir que la AN nunca dio respuesta y así correr
por gusto el riesgo de perder credibilidad frente al castrismo.
Fidel Castro puso en blanco y negro: “Ese Proyecto Varela lo recibió la
comisión, lo estudió, le respondió y lo que ocurrió es que sus
promotores no quisieron recibir la respuesta”. (Biografía a dos voces,
Debate, 2006, página 390). Así consta por lo menos desde el 17 de julio
de 2003, cuando la respuesta de la AN al Proyecto Varela se colgó en
Internet con las observaciones precisas de que la oficina del presidente
de la AN entregó la respuesta el 18 de noviembre de 2002 y hasta
procedió a remitirla por correo el 26 de noviembre de 2002, sin que
“Oswaldo Payá diera a conocer jamás el contenido del documento”.
Amén de que ni Payá ni ningún otro promotor se apeó en ninguna parte con
el artículo pertinente: “¡Mientes, Castro!”, nadie puede tragarse que la
AN diera entrada al Proyecto Varela y no corriera el trámite burocrático
de notificación de la respuesta definitiva, pero que sí se atreviera a
publicarla en Internet. La respuesta negativa se notició incluso en
Panorama, el boletín interno del único partido.
Coda
Más acá de la guerra, la praxis política cristaliza con la mayoría
inerte como árbitro de la competencia entre las minorías activas. El
problema de legitimación se resume en que la minoría gobernante no
merece gobernar, pero no se resuelve si otra minoría se opone al
gobernante con igual arrogante ignorancia.
Ya se adelantó la propuesta rigurosamente lógica de concentrarse en los
pactos internacionales de derechos humanos para forjar otra Cuba mejor.
Ahora toca propiciar interpretaciones acertadas en los diversos
contextos vitales de aplicación. Así, la tiranía electoral tiene que
enfrentarse con análisis que se precipiten en pautas de acción tan
fundadas como sencillas: “Votar por cualquiera es votar por el
castrismo; votar por el castrismo es seguir empeorando. Por otra Cuba
mejor, ¡anula tu boleta! Nadie podrá verte ni pedirte cuentas después”.
Eso sí: la decisión atinada queda siempre en manos de quienes asuman los
riesgos. Ninguna campaña ni llamamiento, proyecto o declaración, video o
documental, obra pictórica o escénica, compele por sí a la militancia,
pero arrancar con la lógica los pactos internacionales parece al menos
ser buena estrategia para que llegue el día en que, como auguró Heberto
Padilla, los vacilantes sabrán lo que no quieren, los balbucientes
descubrirán su voz fuerte y los tímidos y los apabullados dejarán de
ponerse de pie cuando entre el gobernante.

Source: “Por otra Cuba mejor: teoría y praxis – Artículos – Opinión –
Cuba Encuentro” –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/por-otra-cuba-mejor-teoria-y-praxis-317853

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