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Artistas cubanos olvidados sobreviven con su música en las calles

Artistas cubanos olvidados sobreviven con su música en las calles
La Habana real, no la de los discursos de los gobernantes o las crónicas
optimistas de los medios oficialistas, se asemeja a un bazar gigante
donde todos intentan vender algo
MALABARES PARA GANAR UNOS PESOS | 04 de Agosto de 2015
LA HABANA.-IVÁN GARCÍA
Especial

Después de caminar cinco kilómetros diarios bajo un sol que mete miedo,
Enrique llega al precario cuarto del solar donde vive, con los pies
cansados y un puñado de pesos convertibles arrugados en el bolsillo de
su vieja guayabera azul marino.

A sus 71 años no debiera andar en esos trotes, dice la esposa, una
maestra jubilada que se pasa diez horas viendo culebrones en video y
escuchando boleros en un tocadiscos de la era soviética.

“Pero tiene que salir a la calle mi’jo, a buscar unos pesos. Con mi
pensión de 193 pesos (poco más de 8 dólares) y la suya de 210, no
alcanza para comer. Además estamos cuidando a una nieta que tiene al
padre preso. A su edad y con sus achaques a cuestas, Enrique es el
sostén de la familia”, señala la mujer, mientras su marido ya ronca en
la cama.

A la mañana siguiente, Enrique es un hombre nuevo. Luego de desayunar un
pan con tortilla de cebolla, se afeita y se viste lo más elegante
posible para su jornada de trabajo.

“Llevo nueve años ‘haciendo sopa’ (cantando mientras los turistas cenan)
en bares, restaurantes y cafés de la calle Obispo y otros de La Habana
Vieja. Fui músico de un cuarteto de guarachas y boleros. Uno de sus
integrantes está muerto. Los que quedamos vivos tenemos que salir ‘al
fuego’ (a la calle) a buscar el ‘baro’ (dinero). A veces nos va bien, y
llegamos a casa con 15 o 20 chavitos (pesos convertibles), pero casi
siempre regresamos con unas monedas y un cansancio de siglos”, señala
Enrique sin dejar de afinar su vieja guitarra.

La Habana real, no la de los discursos de los gobernantes o las crónicas
optimistas de los medios oficialistas, se asemeja a un bazar gigante
donde todos intentan vender algo.

En la capital del país que hizo una revolución para barrer la pobreza y
la prostitución y que las personas tuviesen una vida digna, muchos
ancianos hacen malabares para ganar unos pocos pesos.

Los mendigos aumentan. Igual que los discapacitados vendiendo baratijas
y juguetes plásticos. O los dementes hurgando en latones de basura y
jubilados cantando guarachas y boleros que les permita llegar a fin de mes.

En los barrios antiguos de La Habana, y por todo el trayecto de la
Avenida del Puerto, decenas de músicos ambulantes, solos, en dúos o
tríos, se acercan a las mesas donde parroquianos despreocupados cenan o
beben cerveza importada y montan una serenata improvisada.

“Si a los clientes no les gusta, te despiden con un gesto. Si aceptan,
escuchan la canción o proponen que le cantes otras. Y al final te dejan
caer una propina: dos cuc, a veces cinco, depende. Cuando llega un
crucero, si vienen británicos o japoneses pagan mejor. En este negocio
tienes que ser listo. Si el tipo es mexicano le cantamos rancheras y
boleros. Si es europeo, sones y guarachas de Compay Segundo. Ahora que
están llegando los gringos, cantamos o tocamos jazz o country”, explica
Eulogio, músico ambulante que desanda por los bares y cafés donde cobran
en moneda dura, contiguos a la bahía de La Habana.

Muchos de estos viejos músicos no son improvisados. En los años 80,
Ricardo grabó Años, un disco de boleros producido por Pablo Milanés,
junto a autores del calibre de Cotán, El Albino, Ibrahim Ferrer, Pío
Leyva y Rubén González.

“Pero en estos momentos a pocos promotores turísticos les interesa
contratar a músicos viejos que solo cantan boleros y guarachas. La
competencia es dura y desleal. Los gerentes de restaurantes y bares
estatales nos botan. Ellos tienen contratadas a sus agrupaciones. Otros
nos extorsionan y si nos dejan cantar debemos darle el 25% de lo que
recogemos después de pasar el cepillo. Así y todo, cantar por cuenta
propia es mejor que trabajarle al Estado”, señala Ricardo.

Una tarde lluviosa y gris de 2012, Alberto murió en la barriada habanera
de La Víbora. Tenía el sueño y la esperanza de que un productor musical
como Ry Cooder o Win Wenders lo rescatara del olvido.

En la década de 1950, había sido cantante del conjunto Casino dirigido
por Roberto Espí, amenizando una Habana que no dormía. En sus últimos
años, sobrevivía cantando boleros en bares de quinta categoría, sin que
nadie le prestase atención.

Alberto comía poco y mal y bebía demasiado alcohol. Al velorio solo
asistieron su hija y dos vecinos del barrio. Tres años después, ella
intenta vender la deslustrada guitarra del padre en 100 pesos (4
dólares). “Si supiera cantar me pondría a hacer sopa”.

Source: Artistas cubanos olvidados sobreviven con su música en las
calles :: Diario las Americas :: Cuba –
http://www.diariolasamericas.com/4847_cuba/3262223_artistas-cubanos-olvidados-sobreviven-musica-calles.html

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