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Balseros vieron a delfines como una señal de salvación

Balseros vieron a delfines como una señal de salvación

Un grupo de balseros que salió de Florencia, en Ciego de Avila, cuenta
el viaje
Se mantiene la desesperación de los cubanos por abandonar la isla
La Guardia Costera señala que los cubanos se tornan más agresivos al ser
detenidos en el mar
LIZETTE ALVAREZ
New York Times

Casi al final del viaje entre Cuba y Florida, peligroso y abrasado por
el sol, Dios y la Virgen María les enviaron una señal: una docena de
delfines se acercaron a la barca sobrecargada que habían construido con
sus propias manos, y mientras salían y entraban del agua los guiaban
hacia ese futuro que soñaban. O al menos así quisieron sentirlo.

“Lo cierto es que nos bendijeron”, dijo Rolando Quintero Ferrer, de 27
años, uno de los 12 pasajeros del bote, en su grabación del viaje.
“Miren qué lindo está eso, no hay ni un barquito, nadie ha venido a
decirnos que nos vamos a ahogar, que viremos pa’ atrás”.

El presagio resultó ser cierto. Después de cinco días en el bote
empacados como cigarrillos en una cajetilla y 24 horas en una isla
deshabitada, los hombres lograron navegar hasta un muelle en Tavernier,
en los Cayos de Florida. Eran las 4:20 de la madrugada. Se apresuraron a
desembarcar mientras señalaban carteles en inglés con emoción. Y
sabiendo que serían bienvenidos marcaron el número 911 desde un teléfono
celular, un truco aprendido en las series de televisión.

“Mira esta agua maravillosa”, bromeaba Yosvanys Chinea, un carpintero de
42 años, mientras sostenía una botella que le dio la policía cuando
llegaron. “Ya se me están curando los parásitos, algo que no me había
pasado en 42 años”.

Desde que el presidente Obama anunció el restablecimiento de relaciones
diplomáticas con Cuba en diciembre de 2014, en la isla los cambios han
sido significativos. Los viajes en avión entre Miami y La Habana van en
aumento. Los cubanos están expandiendo sus microempresas con apoyo de
sus parientes en el extranjero. Pero algo que no ha cambiado es la
desesperación de los cubanos por abandonar la isla en botes precarios
rumbo a Estados Unidos, evidencia de que el miedo aumenta en vez de
disminuir, porque creen que los privilegios exclusivos que gozan en
Estados Unidos, como estatus legal, podrían estar llegando a su fin.

Desde el primero de octubre, más de 3,500 cubanos han llegado a las
costas de Estados Unidos, lo que les permite quedarse, o han sido
rescatados en el mar por la Guardia Costera, que los devuelve a casa. El
número de personas que llegan a Estados Unidos este año podría alcanzar
cifras que no se registran desde el éxodo de los balseros de los años 1990.

Vienen por dos motivos. La vida en Cuba sigue siendo muy difícil, en
especial, para quienes viven fuera de la capital. La libertad de
expresión aún sufre restricciones severas y los salarios oscilan entre
los $16 y los $22 al mes.

También los mueve el pánico. Creen que el Congreso de Estados Unidos
puede derogar la Ley de Ajuste Cubano de 1966, la que les da el
privilegio de la residencia automática un año después de llegar a
Estados Unidos. Los intentos de derogarla no han tenido éxito hasta el
momento, pero el sentimiento hostil hacia la inmigración en Washington
lo convierte en una posibilidad, especialmente ahora que comienzan a ver
a los cubanos como emigrantes económicos y no políticos.

Desobediencia en el mar

Algunos funcionarios de la Guardia Costera dicen que los cubanos cada
vez son más agresivos a la hora de evitar su captura. A veces saltan al
mar y rechazan subirse a las embarcaciones guardacostas. El viernes
pasado, 19 cubanos saltaron de su balsa cuando los guardacostas se
acercaron, y nadaron hasta un faro a pocos kilómetros de los Cayos de
Florida. Hace dos meses, seis cubanos en un bote tenían heridas de bala
y dijeron que habían sido atacados en el estrecho de Florida. Pero todas
las balas fueron a partes no vitales del cuerpo, lo que provocó
escepticismo.

“Hemos tenido casos de personas que se disparan a sí mismas y cada vez
hay más desobediencia”, dijo Mark Barney, oficial de la Guardia Costera.
“A menudo continúan su marcha y se niegan a que los bajemos de los
barcos. Es una cuestión de seguridad. Hay casos recurrentes de personas
que aparecen en el agua, vivos, muertos… hay desaparecidos”.

Este grupo de cubanos dijo que ellos también tenían un plan para
esquivar a las autoridades. “Podríamos saltar todos al agua y nadar”,
dijo Quintero.

Onelio Rodríguez, balsero

Pero primero tenían que alejarse de la isla, una tarea nada fácil para
un grupo de cubanos de Florencia, una zona productora de tabaco y
repleta de colinas en Ciego de Avila. Irse de Cuba por mar es peligroso
e ilegal, por lo cual muchos ocultaron sus planes hasta a sus parientes.
Este tipo de viajes, envuelto en secretismo, lleva meses o años de
planeación y requiere de mucha organización, dinero, ingenuidad y valor.

Los balseros formaron un grupo variado: trabajadores del campo, un
carpintero, un tatuador, un trabajador de una empresa funeraria y un DJ
que trabajaba también como distribuidor en el mercado negro de música,
películas y programas de televisión.

Asael Veloso, un agricultor de 34 años, ya había intentado irse hace
tres años. Lo vendió todo y planeó un viaje con otro grupo de balseros.
Pero ocho horas después de dejar la isla, fueron capturados y obligados
a volver con menos pertenencias de las que tenían al partir.

Construir el bote

Todos contribuyeron. Chinea, el carpintero, y Edel Sánchez pasaron 20
días construyendo el bote en un secadero de tabaco, a partir de trozos
de madera. El barco fue diseñado para seis personas pero terminó
navegando con 12. Un par ayudaron con la navegación, otros tenían fuerza
física o dinero. Otros estaban bien conectados.

Llevar el bote hasta la costa fue toda una aventura. Encontraron un
tractor para arrastrarlo, escondido entre ramas de palmeras, en un
momento de buen tiempo. Pero el tractor no podía subir un promontorio
que se interpuso en el camino así que en medio de la noche, en la mitad
de la nada, los hombres lograron encontrar un segundo tractor para empujar.

Lograron llegar al mar en un lugar llamado Punta de Judas el 17 de abril
a las 6:00 a. m. Tenían poco más de 100 litros de agua, jugo, leche en
polvo, leche condensada, nueces y galletas. Llevaban sombreros de ala
ancha, mangas largas y cobijas para protegerse del sol. Habían
construido remos con ramas de árboles, y lo más importante de todo:
tenían tres teléfonos inteligentes y una batería que Quintero había
arreglado para cargarlos durante el viaje. Eso equivalía a tener GPS
para navegar hasta Florida.

Dentro de la embarcación estaban apretados pero se acomodaron. Aunque la
mayoría de los cubanos no son religiosos, los hombres no dudaron en
pedirle ayuda a Dios. “Le hice promesas a todo el mundo: desde Dios a la
Virgen de la Caridad del Cobre”, dijo Quintero en referencia a la santa
patrona de los balseros.

Iban a necesitar su intervención divina. Los dos primeros días fueron
terroríficos pues no lograban salir de aguas cubanas.

“Zarpamos con la corriente y el viento en contra”, dijo Onelio
Rodríguez, de 26 años y cara de niño, agricultor. “Pero Dios es hermoso”.

Reírse de sus miserias

Durmieron, fumaron, hicieron música, hablaron de sus novias e hijos, se
gastaron bromas –especialmente al hombre que se mareó poco después de
empezar el viaje y que apenas se movió en los seis días– y se comieron
las galletas y las nueces. También discutieron sobre quién remaría,
quién podía dormir de noche o quién acaparaba espacio.

“Nos reímos de nuestra propia miseria porque es el mejor modo de
sobrevivir en Cuba”, dijo Sánchez, de 43 años y también trabajador del
campo. Decía en broma que ya sabía cuál sería su primer deseo en Estados
Unidos: no volver a ver “ni galletas ni nueces ni Cuba”.

Poco después de alejarse de Cuba tocaron tierra en cayo Anguilla, un
islote deshabitado en las Bahamas, para descansar. Escondieron el bote
entre la maleza y descubrieron rápidamente que no estaban solos. Había
otro grupo de cubanos, aún más cansados, así que les brindaron un poco
de agua y comida. Tuvieron tiempo incluso para pescar y cocinar en agua
de mar. No durmieron. La isla estaba llena de ratas inmensas.

“Teníamos que espantarlas de noche”, dijo Rodríguez. “Una caminó sobre
mí mientras dormía”.

El día siguiente volvieron a llevar el barco a la costa, izaron una
bandera de Estados Unidos en el mástil y zarparon. El viento dejó de
soplar. Se preocuparon. Pero, según Quintero: “Dios nos estaba protegiendo”.

La suerte estaba de su lado. No habían visto a la Guardia Costera ni se
habían topado con una tormenta, algo habitual y complicado en este tipo
de travesías. Los delfines, en cambio, salieron a saludarlos y eso
desató el optimismo. “Vamos a coronar”, dijo Veloso para describir la
llegada y la cerveza fría que les esperaba.

El GPS avisó de que estaban a 28 kilómetros de los Cayos de Florida. Los
hombres empezaron a remar en la oscuridad. Al final, vieron un muro y
una playa: Tavernier. Había un muelle. Navegaron hacia allí y sacaron
los teléfonos.

Varios agentes de policía aparecieron en el lugar y los cubanos se
tomaron fotos con ellos mientras desplegaban su bandera de Estados Unidos.

La mañana siguiente los llevaron a la oficina de migración y refugio que
gestiona la conferencia episcopal. Allí les ayudan con el papeleo y, a
quienes no tienen parientes en Estados Unidos, les ofrecen comida o
estancia en un motel hasta su reubicación en otro estado.

El hotel Quality Inn en Doral, al oeste de Miami, era un paraíso para
los cubanos. Aire acondicionado, televisión por cable con docenas de
canales y más carne y huevos de los que habían visto en su vida.

La mitad del grupo partiría pronto hacia Las Vegas y la otra mitad hacia
Austin, Texas, donde empezarían a buscar empleo. Los programas de
reubicación del centro tiene un promedio de éxito de entre el 70 y el 90
por ciento al encontrar empleos, según Juan F. López, director asociado
del grupo que atiende a los refugiados.

“Este es un país de leyes, pero decimos que hay que entender este tema
desde un punto de vista humano”, dijo López.

Dos semanas después de su llegada, los hombres se sentaron en silencio
en un muro frente al mar en la bahía de Biscayne y rindieron tributo a
la Virgen de la Caridad del Cobre.

Chinea, el carpintero, pensaba en su mujer y sus dos hijos que dejó
atrás en Florencia. Agradecía con los ojos. Ahora podría ayudarlos.
“Hemos tenido tanta suerte para llegar”, dijo. “He tenido más aquí en
ocho días que en 42 años en Cuba”.

Sus cinco años esperando y planeando habían rendido frutos. “Aquí hay
esperanza”, dijo, “allí hay un nido de escorpiones”.

Source: Balseros vieron a delfines como una señal de salvación | El
Nuevo Herald –
www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/america-latina/cuba-es/article80563997.html

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