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El conflicto (de)generacional

El conflicto (de)generacional
La política de Donald Trump es más blanda que la política de George W
Bush y su Comisión de Asistencia a una Cuba Libre, que no logró nada
Arnaldo M. Fernández, Broward | 11/07/2017 11:56 am

Las minorías que se arrogan la misión generacional sublime de salvar la
patria, pero sin tomar las armas ni darse un chapuzón de pueblo, solo
propician el advenimiento de otra Generación del Centenario: la elite
tardocastrista que estará gobernando en Cuba al cumplirse cien años de
castrismo.
Ahora tenemos a Antúnez con cartica abierta a Trump pidiendo mantener el
embargo y a Estado de SATS con el documental Empoderados demostrando el
fracaso de la política de empoderamiento del cubano de a pie trazada por
la administración Obama. Se arrastran ante Washington como si fueran
yumas del Partido Republicano. Así mismo tenemos a Cuesta Morúa y otros
pidiendo reformas electorales y otras cositas al Gobierno de Cuba. Se
arrastran ante La Habana como si fueran cubiches con tanta ilustración
que los poderes constituidos van a prestarles atención. Estas cadenas
vienen de muy lejos, pero basta con ir unas dos décadas atrás.
Péndulo de Foucault
En mayo de 1995, Yoani Sánchez soltó en el tercer número de su boletín
estudiantil Letra a Letra algo así como que “de otros peligros será
salvada esta vez la patria, para eso cuenta con el mismo José Martí y
con otra Generación del Centenario”. Se refería al centenario de la
muerte del Apóstol, pero han pasado más de dos décadas sin que tal
generación haya caído en trance de salvación de la patria. Yoani sacó la
Generación Y montada en un blog y anda con un diario hecho en Cuba, sin
que tampoco se vislumbre la “revolución underground” que predijo
estallaría con la memoria flash. La primera Generación del Centenario
demoró menos de siete años en salvar a la patria de la dictadura de
Batista y, como había advertido Albert Camus, dio paso a otra[1].
Tras aterrizar Yoani el 28 de marzo de 2013 en Miami, Jorge Más Santos
se encargó de exaltarla como una suerte de Aung San Suu Kyi cruzada con
Celia Sánchez, que estaría “Uniendo lo que Castro ha dividido” (El Nuevo
Herald, 8 de abril de 2013). Carlos Saladrigas remachó con que “Yoani
replantea el debate” (El Nuevo Herald, 14 de abril de 2013). Desde la
pelea electoral Obama vs. McCain (2008), Mas Santos había fijado la
posición competitiva de la Fundación Nacional Cubano-Americana (FNCA) en
la política de EEUU hacia Cuba: “El obstáculo principal al Senador
McCain (…) son los congresistas Díaz-Balart (…) Él sigue sus consejos
(…) Desafortunadamente vemos una política que han cogido de rehén los
hermanos Díaz-Balart”. Así que, en junio de 2013, Lincoln Díaz-Balart
salió a dar contracandela con que su Instituto de la Rosa Blanca[2]
apoyaba la Demanda Ciudadana por Otra Cuba y El camino del pueblo, que
terminarían yéndose a bolina, así como el Proyecto Emilia, que sigue
muriendo. A esta tríada se sumaría Antúnez, quien a principios de este
año recibió del instituto el Premio Juana Gros de Olea.
Para noviembre de 2013, Mas Santos subía la parada. En su propia casa de
Pinecrest arregló que Obama se topara con Berta Soler y el Coco Fariñas,
quien allí mismo dio vivo testimonio de la represión política en la Isla
con una curita en la cabeza. Hacia enero de 2014, la sucursal de la FNCA
para los Derechos Humanos en Cuba abrió en el colegio universitario de
Miami-Dade la primera y última escuela de cuadros de la disidencia. En
octubre de 2014, el inefable Fariñas irrumpió por TV en anuncio político
del congresista demócrata Joe García y sirvió en funda de cuero el
cuchillo de plata con que el rival republicano Carlos Curbelo —a la
postre ganador del escaño— partió la naranja politiquera al medio: “Todo
el mundo sabe que la Fundación y los aliados de Joe García son los que
pagan al señor Fariñas”. El 2 de junio de 2016, José Daniel Ferrer
puntualizó a Ernesto Londoño (The New York Times) que también chupaba
aquella naranja: el grueso de los recursos financieros y materiales de
la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU) provenía de la FNCA. Y agregó que
no diferenciaba entre naranja dulce y limón partido: recibiría “ayuda de
cualquier país u organización que quiera contribuir al cambio de régimen
en Cuba”.
Las contribuciones a la causa de la patria han degenerado así desde el
cepillo que la primera Generación del Centenario pasaba entre cubanos
dentro y fuera de la Isla, hasta los aportes que en última instancia
provienen del presupuesto federal de EEUU. Y los opositores utilizan
estas asignaciones más bien “para solventar las necesidades del día a
día de los principales organizadores y sus seguidores claves” mientras
buscan “serrucharse el piso los unos a los otros” para tener “acceso a
los escasos recursos”[3]. No en balde los lidericos de la oposición
protagonizan a menudo enredos en que “Songo le dio a Borondongo,
Borondongo le dio a Bernabé [y] Bernabé le pegó a Muchilanga”.
La defunción del anticastrismo tardío sin armas ni pueblo quedó
certificada el 17 de diciembre de 2014 al restablecerse las relaciones
diplomáticas Cuba-USA, pero el papeleo de la inhumación siempre dura
mucho y entretanto la comparsa obamista perdió el contrato de alquiler
en la Casa Blanca. El turno de hablar al oído de otro presidente
americano más sobre cómo lidiar con Cuba tocó entonces a Mario
Díaz-Balart, esta vez sin su hermano, pero con el senador Marco Rubio. Y
así, el anticastrismo tardío prosigue oscilando cadavéricamente entre
fundacionalistas y rosablanqueros.
Los fundacionalistas enrumbaron con Obama hacia el levantamiento del
embargo, pero no avanzaron nada en la transición hacia la democracia en
Cuba. Se cae de la mata que tampoco se avanzará si se levanta el
embargo. Así queda demostrado el fracaso de la política de Obama, pero
también —y con más de medio siglo de razón histórica— el fracaso de los
rosablanqueros. La política de Trump es más blandita que la política de
Bushito y su pimpante Comisión de Asistencia a una Cuba Libre, que
tampoco logró nada. Ambas banderías de USA han probado ya todas sus
armas contra el castrismo —excepto la invasión de marines tras masivos
bombardeos navales y aéreos— sin ninguna consecuencia significativa. Y
como el tradocastrismo permitió a los líderes sin masa del insilio pasar
por la esclusa migratoria, en el exilio “hasta el Bobo de la Yuca puede
darse cuenta de que no van a resolver nada”. El anticastrismo tardío
seguirá oscilando sin remedio hasta ver quién se cansa primero de tanta
metatranca: las fuentes de recursos en USA (entierro de la oposición) o
el pueblo en Cuba (entierro del gobierno).
Coda
¿Y la represión? Pues ahí, como siempre. Siendo rasgo esencial del
Estado totalitario, la represión política en Cuba no cesará si no se
desmonta el Estado castrista. Y esto será posible tan sólo desde dentro
y por eso que llaman pueblo. Ni la ONU ni la OEA, ni la Unión Europea ni
Estados Unidos, ni las ONGs ni el exilio pueden meter sus narices dentro
de Cuba más allá de las alharacas mediáticas y las noticas diplomáticas
que se difunden eufemísticamente como exigencias.
El mundo no se conmueve con estadísticas de represión que arrojan más de
2.500 arrestos arbitrarios el semestre pasado. Pueden arrojar más de
25.000 el semestre que viene sin que la comunidad internacional y mucho
menos al pueblo de Cuba se movilicen para nada. Entretanto los
observatorios y/o comisiones atareados en difundirlas van acreditando
que hasta la represión misma ha degenerado. En tiempos de la primera
Generación del Centenario se contaban los muertos[4].

[1] “Todo revolucionario termina siendo opresor o hereje”, en El hombre
rebelde (1951), Buenos Aires, Editorial Losada, 1978IX, 231.
[2] Este instituto se propone mantener al día el ideario —forjado
durante “toda una vida de estudio, preparación y devoción por Cuba”— del
finado Rafael Diaz-Balart, quien el 28 de enero de 1959 fundó el grupo
político anticastrista La Rosa Blanca en el Hotel Belmon Plaza (Nueva
York). Su eslogan rezaba: “Por una Cuba Libre, Demócrata y Cristiana”.
[3] Cable de Jonathan Farrar (SINA) al Departamento de Estado
[09HAVANA221], 15 de abril de 2009.
[4] Tal degeneración se aprecia históricamente en que Machado mandaba a
matar a sus opositores al frente (como Armando André) o dentro (como los
hermanos Freyre de Andrade) de sus casas, pero Batista optó por matarlos
fuera de ellas y enterrarlos en fosas comunes o tirarlos en una esquina
con algo comprometedor al lado. Bajo la dictadura de Fidel Castro cundió
el paredón, pero con Raúl Castro sólo tenemos “muertes sin aclarar”,
como precisó René Gómez Manzano en mayo de 2013.

Source: El conflicto (de)generacional – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-conflicto-de-generacional-329964

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